La gente en general no es buena o mala del todo: cada uno intenta conciliar como puede sus instintos egoístas con sus instintos altruistas, intenta sobrevivir y mejorar al tiempo que también se preocupa por la propia tribu y mira con recelo a las otras tribus. En general no somos santos, pero tampoco verdugos.
Pero los capitales no son personas. En los grandes capitales no se da ese equilibrio entre las fuerzas opuestas del egoísmo y el altruismo. Los grandes capitales solo se rigen por un impulso, que es el de crecer sin límite. Y para conseguirlo hacen lo que sea. Una de las cosas que hacen es comprar medios de comunicación con los cuales manipular a la gente avivando sus miedos, sus prejuicios y sus fobias mediante mentiras.
Si uno escucha en la radio a políticos y tertulianos hablar de la ola de conservadurismo que asola el mundo occidental puede pensar que la gente se está volviendo espontáneamente de extrema derecha, pero no es cierto: la gente, en general, no es tan despreciable. La mayoría que voto a Hitler no era nazi: simplemente fue engañada por un extraordinario aparato de propaganda. Hoy vivimos una ola de conservadurismo extremo que es real, pero lejos de ser espontánea está provocada y dirigida por unos medios de comunicación que, en su mayoría, están en manos de esos grandes capitales a los que tu tribu o la mía les importa una mierda porque lo único que quieren, insisto, es crecer.
No, la mayoría no somos seres despreciables, pero lo podemos ser: basta un poquito de desinformación.